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“Obligar a un cura a que viole el secreto de confesión, bajo amenaza de cárcel, es una coacción que ni siquiera un agnóstico, racionalista y laico puede permitir”.

Por Juan Carlos Manríquez.

La ley penal no está hecha para héroes, ni para santos. Demanda conductas esperadas a un sujeto medio, que se desenvuelve en sociedad según los parámetros imperantes, y los límites que fija la Constitución. El límite de la política criminal y de las normas procesales, es el respeto a la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

Obligar a un cura a que viole el secreto de confesión, bajo amenaza de cárcel, es una coacción que ni siquiera un agnóstico, racionalista y laico puede permitir.

Me alzo contra la idea que propone un proyecto de ley así, pues el ministro de culto del credo que sea, quedará enfrentado a algo mucho más duro que la sanción terrena: la indisposición con su Dios. Eso es demasiado, pues afecta lo más profundo de las convicciones espirituales y la propia dignidad de quienes las sostienen, violando el fuero íntimo, que es el único templo al que la ley humana no tiene derecho a ingresar.

Si un ministro de culto es coautor de un delito que preparó en el acto de la confesión, eso es otra cosa.

Inexigibilidad de comportamiento diferente se llama eso que hoy buscan penar de manera ilegítima, y tiene una raigambre tan antigua que el Talmud y el Rabino Babar Meziah, la reconocen y tratan de siglos. No es solo tradición, es una matriz cultural de Occidente.